miércoles, 7 de septiembre de 2016

Guadalajara abierta de par en par


Equipo Paraninfo: “Guadalajara, ciudad abierta”. Ediciones Aache. Guadalajara, 2016. 4º edición. Colección “Tierra de Guadalajara” nº 50. 128 páginas. Ilustraciones en color. Planos.

Es esta una guía típica de ciudad grande, con la presentación siempre cuidada que Aache le da a todos sus libros, y la estructura clásica de los libros de esta colección, que presentan en primer lugar la historia de la ciudad, lo cual se hace a lo largo de 22 páginas, con lo que se puede suponer que es un resumen comprimido, pero en el que no se olvida ninguna de las claves para conocer Guadalajara.
Lo fundamental del libro está dedicado a la descripción y visita de los monumentos de la ciudad, de los que se consideran una treintena de edificios, desde el clásico palacio de los duques del Infantado, a los pequeños palacios, arquitectura civil, paseos y rincones urbanos que le dan un sabor de ciudad castellana, en la que con paciencia se pueden encontrar interesantes muestras del pasado, a pesar de haber sufrido tantos expolios, tantas destrucciones y tanto abandono por parte de la municipalidad, durante siglos.
En este capítulo de los monumentos, que será el más consultado por el lector del libro, vienen la historia, la descripición y los detalles a admirar de cada uno de estos 30 edificios. Con muchas fotografías, algunos planos, indicaciones para la visita, etc. En esto radica la importancia y utilidad de este libro, que ha conocido varias reediciones.
Al final ofrece un vistazo por las fiestas de la ciudad, desde sus Ferias de Otoño a los encierros de toros, la festividad de la patrona, y los carnavales y botargas, con elementos curiosos y muchas imágenes.
“Las Cercanías” es otro breve capítulo en el que los jóvenes autores nos dicen aquellos pueblos del entorno guadalajareño a los que llegar en un cuarto de hora y admirar sus elementos imprescindibles, especialmente en Lupiana y su monasterio jerónimo, o en Horche con sus bodegas y Pioz con su gran castillo mendocino. Una última sección, obligada y útil, de “Guía de urgencia” orienta al visitante acerca de los hoteles, restaurantes, transportes y centros públicos a los que puede recurrir en su viaje.

martes, 6 de septiembre de 2016

Una iglesia renacentista, la de Torija

Jesús Sánchez López: “La iglesia renacentista de Torija”. Aache Ediciones. Guadalajara 2004. Colección “Tierra de Guadalajara” nº 52. ISBN 84-96236-26-9. 232 páginas. PVP: 15 €.

Nada menos que 232 páginas, muchas de ellas cuajadas de imágenes en color, ha necesitado Jesús Sánchez López para resumir todo lo relativo a la historia, el arte y las tradiciones de la iglesia parroquial de Torija. Es este un libro en el que se aúna la investigación histórica y documental, con el análisis detallado de los elementos patrimoniales. Se suma de amplias descripciones de escudos heráldicos (pues tantos de ellos pueblan las paredes del templo, que viene a ser casi un museo de la heráldica mendocina) y se completa con recuerdos anecdóticos del pueblo, de sus sacristanes, escaladores de torres y niños atrevidos que se descolgaban por las bóvedas. La memoria cumplida de don Bernardino de Mendoza, escritor y militar, se salda con un amplio capítulo dedicado al cuarto centenario de su muerte.


El viaje a Torija es fácil, porque está en medio de todos los caminos: tras subir la primera cuesta que aparece en la senda de Zaragoza, y viendo siempre a manderecha su almenado castillo, entramos en Torija por una desviación bien señalizada.

Tiene esta villa todos los valores de la Alcarria cumplida: la gran plaza porticada, fuentes aquí y allá, un alto castillo en un extremo y una solemne iglesia en el otro. Fiestas a menudo, buen yantar en sus mesones, y amenidad en el paisaje que la rodea. No se puede pedir más.

Sobre el castillo se ha escrito mucho: libros enteros, como el que su párroco, don Jesús [Sánchez López] ofreció no hace mucho, y hoy ofrece aún más, porque la Diputación Provincial ha instalado, en su interior, un gran Centro de Interpretación de la Provincia, que entrega información a cuantos lo visiten, de lo que nuestra tierra tiene en oferta.


Pero es la iglesia la que hoy centra nuestro viaje. La mole pétrea y gris de este templo rememora tiempos medievales, porque en su origen fue de estilo románico, aunque luego con el crecimiento económico de la comarca, y el apoyo sin reservas de sus señores, los Mendoza de la rama de los Condes de Coruña (sangre de Mendoza y Figueroa) fue creciendo y aunando arquitecturas, perfiles y contenidos. De hecho, tras su mole poco elaborada, se concentran exquisiteces del arte, que merece mirar en detalle.

Lo primero, su torre, castillera también, de piedra caliza densa y medida. Lo segundo, su portada de líneas manieristas, serlianas, con escudos tallados en la madera de sus hojas. Lo tercero, el interior, de tres naves, hoy arreglada y con detalles posteriores, barrocos. Pero dando con su dimensión la idea de espacio sagrado marcado en todos sus ámbitos.
Hay un buen puñado de otras de arte que admirar en ese interior. De una parte, el gran retablo. Que no es el primitivo del templo, pues ese fue destruido en guerra, como la gran reja forjada que cerraba el presbiterio. El actual retablo procede de Atienza, de su vacía iglesia de Santa María del Rey, de la que se sacaron cuadros y esculturas para poner en el Museo de San Gil, pero de la que se rescató la armazón, para una vez en el templo torijano, añadirle unas modernas pinturas que no le sientan nada mal.
Otra cosa que asombra: el arco triunfal que da paso desde la nave central al crucero. Ese arco es una suprema galanura del estilo plateresco, y en él se mezclan detalles gotizante, cardinas, pilares y bichas, con los típicos grutescos de imposible zoomorfismo, conformando una verdadera joya de la arquitectura del Renacimiento. Solo por ese arco ya merece ser visitada la iglesia de Torija.

Pero seguimos con los asombros: los enterramientos de los primeros señores de la villa, de los mendocinos vizcondes don Alonso Suárez de Mendoza, su esposa doña Juana Jiménez de Cisneros, y descendientes. Son elementos de gracia genovesa, tallados en su frente con escudos y angelotes que los sostienen, en una línea de arte italiano muy nítida.

Esos señores, y sus descendientes, fueron colocando en las partes que coronan los pilares que escoltan el crucero grandes escudos de escayola, sucesivamente repintados, en los que leemos las armas y símbolos heráldicos de las familias que entroncaron con la primitiva Mendoza: Figueroa, Cisneros, Bazán, La Cerda y Borbón. Aunque nada pone en ellos de a quien representan, para cualquiera que sepa algo, poco, de heráldica su lectura será cosa de momento. Por si acaso, en el libro de don Jesús Sánchez López se ofrecen sus imágenes y explicaciones detalladas.

Otros elementos sueltos: pues capiteles y águilas talladas, más escudos, lápidas, y una impresionante pila bautismal, de las pocas que en la provincia tenemos totalmente tallada y revestida de símbolos, concretamente los que marcaron la Pasión de Cristo. Está en el bajo coro, que fue lugar de alta memoria debido a que allí tuvo su sede la numerosa asamblea de clérigos que formaban el Cabildo o Congregación de Legos, que don Bernardino de Mendoza fundó en este templo, a imitación del que daba culto a San Gúdula en su catedral de Bruselas. De sus sillas talladas, de sus antifonarios, púlpitos y atriles, nada queda, pero sí la memoria, detallada en el libro que hoy se presenta, de lo que supuso para Torija esta fundación, porque uno de los clérigos debía dar clases de Gramática en la villa, y otro elementos de Canto, para que los clerizones, todos muchachos del lugar, se formaran en el saber hablar y cantar. Quizás la galanura de los habitantes actuales de Torija provenga de aquella suma de voluntades. Quién sabe.

Don Bernardino de Mendoza

El libro de Sánchez López dedicado a la iglesia de Torija no ha surgido, precisamente ahora, de casualidad. Es idea largamente meditada y trabajada, y es con la intención de conmemorar el cuarto centenario de la muerte de don Bernardino de Mendoza por lo que ahora sale.

Este individuo, ejemplo de varón listo, presto y hábil, que pobló en la España del siglo XVI, cuando Felipe II, nació en Guadalajara y murió en Madrid, en agosto de 1604, pero tuvo un amor claro: la villa de Torija. Después de andar media vida de capitán de los Tercios en Flandes, de embajador del rey en Europa, y de embajador/jefe de los servicios de inteligencia (o sea, de espía puro y duro) en la corte británica de Isabel I, quiso que la villa de sus padres y abuelos tuviera recuerdo de su fama, y fuera sepulcro de su roto cuerpo. Se enterró a los pies de la grada que asciende al altar, y allí aún vemos hoy su lápida, rota por los siglos, pero restaurada por los torijanos atentos, y en la que se ve, por dibujo tallado, una calavera y dos tibias cruzadas, y por leyenda estas palabras, que más o menos recuerdan su nombre, la fecha de su muerte, la frase que le guió y algunas consideraciones pías. Obiit D. Bernardinus a Mendoza, año M 604 a 3 de agosto. En torno a la calavera, y en latín, pone esto:  “Si no tienes poder, nada tienes que temer”. Y por la bordura, cosas de cahíz: “Heme aquí, como el heno me sequé y ahora duermo esperando alcanzar la resurrección de los muertos y la vida en el siglo venidero”. Todo un símbolo de un pensamiento tradicional y religioso en el que se sustentan la mayoría de los valores de la sociedad occidental.


AHB

Barbatona y su expresión popular

Eulalia Castellote Herrero : Exvotos pictóricos del Santuario de Nuestra Señora de la Salud de Barbatona”. Aache Ediciones. Guadalajara, 2005. Colección “Tierra de Guadalajara” nº 55. ISBN 84-96236-38-2. 144 páginas, a todo color. PVP: 15 €.

Ofrece este libro una recopilación y estudio en detalle de todos los exvotos pictóricos que existieron en el Santuario de la Virgen de la Salud de Barbatona. La mayoría de ellos ya desaparecidos, gracias a la actividad investigadora de la autora se han conseguido rescatar sus imágenes y se hace la descripción y valoración de estas preciosas piezas de la cultura popular.

El libro es la suma de cuanto se sabe sobre Barbatona: de la aparición de la Virgen, de su Cofradía, devotos y exvotos. Sobre todo de estos. La etnóloga, profesora de la Universidad de Alcalá, publica estos días a través de AACHE su obra . A lo largo de 144 páginas, todas ellas impresas a color, ofrece un catálogo completo de los exvotos que entre los siglos XVII a XIX se ofrecieron en prueba de milagros a la Virgen seguntina. Descripción de cada uno, análisis de sus personajes, autor, leyenda, colores y formas. Muchos de esos exvotos han desaparecido ya, de tal modo que menos de la mitad de los casi cincuenta exvotos que estudia existen hoy en el Santuario. Un libro extraordinario, serio y hermoso a un tiempo, que nos recupera una imagen simpática y popular de la Virgen y sus milagros relacionados con la salud de sus fieles.

Para el simple curioso, Barbatona tiene muchos otros valores aparte del eminentemente religioso y cristiano: tiene el valor de la curiosidad etnográfica en sus exvotos. Desde hace siglos, las gentes sencillas (y las adineradas y sabias también, todo el mundo) confiaba a la Virgen de Barbatona sus peticiones de salud y mejoría. Al parecer, durante siglos, fueron numerosos los milagros efectuados por la Virgen, en su entorno de la ermita y a distancia. Comprobados muchos de ellos, dieron lugar a la plasmación en forma de cuadros pintados sobre tablas, en los que se hacía referencia escrita a la persona sujeto del milagro, su oficio, el tipo de enfermedad y la rapidez y totalidad de su curación. Los más pobres, decidían dejar en los muros del templo una nota, o un exvoto en forma de órgano (el afectado, el sanado) de cera, o el elemento que habían llevado anejo a la enfermedad durante años. Así se llenaron los muros de Barbatona de muletas, de pies de cera, de capas y uniformes, de fotografías, de escritos, de velos….. poner un exvoto pintado por un artista, representando a la persona sanada, a su familia, a los eclesiásticos colaboradores y a los médicos asombrados, era caro, y no todo el mundo lo podía hacer. Pero se pusieron muchísimos.

Hace cincuenta años, cuando la coronación canónica de la Virgen, eran miles los exvotos que colgaban de los muros, y cientos los cuadros con escenas milagrosas y milagros cumplidos que los adornaban. En reformas posteriores, se fueron retirando unas y otras piezas, hasta quedar hoy reducidas a mínimas representaciones, y a un abultado conjunto de lápidas que no dejan de ser emotivas, pero bastante más aburridas que los antiguos exvotos.

Fue hace unos 30 años que la profesora de la Universidad de Alcalá doña Eulalia Castellote Herreros, inició el estudio de ese conjunto de exvotos, como manifestación polimorfa de la religiosidad popular, fotografiando todos los cuadros que entonces existían, casi medio centenar. Y con ese estudio y esas fotografías ha concluido un impresionante libro que ahora se nos ofrece cuajado de belleza y sabiduría. Porque constituye un catálogo completo de los milagros pintados, y porque aúna en ellos (la mayoría desaparecidos) el rito del milagro, de la súplica, del agradecimiento.

En el estudio de la profesora Castellote se muestran las imágenes, a todo color, de los exvotos que se conservaban hace cincuenta años, y de cada uno de ellos el estudio iconográfico y estilístico. Se da cuenta de las formas en que la Virgen aparece en ellos, los enfermos/as, de qué padecen, qué piden, cómo lo agradecen, y quienes están junto a ellos: esposos/as, hijos, curas y médicos, estos últimos siempre vestidos de chaqué y chistera. Un mundo vivo y palpitante que se nos viene a los ojos en estas páginas sorprendentes.
La autora identifica a un total de cinco artistas populares, sin nombre propio, pero con estilos muy definidos, que deberían haber pasado (hoy lo hubieran hecho sin duda) a los anales de la historia artística provincial. Solo uno de ellos, un tal “Soriano” que pintó en 1814 el techo del camarín de la Virgen, con la escena de un milagro que esta obró en el asedio de la ciudad de Sigüenza por los franceses, es el que deja su nombre para la posteridad.

Es este tema de los exvotos pictóricos algo que nos llega demasiado tarde en su apreciación y estudio. Hubo muchos otros de estos elementos en santuarios marianos como los de la Virgen de la Hoz en Molina, la de la Granja en Yunquera, o la del Peral de la Dulzura en Budia. Casi nada queda de ellos en los lugares de origen: sí en los comercios de antigüedades y en las casas de los coleccionistas, que se los fueron llevando poco a poco. Pero nunca es tarde si la dicha llega, y ahora nos llega esta memoria de exvotos y colores, este estudio que nos devuelve en gran modo la devoción y la emoción por estas pequeñas cosas de nuestra historia compartida.

AHB


La Cueva de los Casares, maravilla del paleolítico

Asociación de Amigos de la Cueva de los Casares y del Arte Paleolítico: “Los grabados de la cueva de los Casares. Riba de Saelices (Guadalajara)”. AACHE Ediciones, Colección “Tierra de Guadalajara” nº 42. 2ª edición, Guadalajara 2008. 168 páginas, multitud de gráficos. ISBN: 978-84-96885-68-4. PVP: 15 €.

De todo el patrimonio histórico y artístico de Guadalajara, el elemento más longevo es sin duda la Cueva de Los Casares, un lugar mágico y sorprendente en término de Riba de Saelices, en plena serranía del Ducado.
Este lugar, que es más conocido en las universidades europeas y americanas, y entre los viajeros universales antes que entre la población alcarreña, tiene varias singularidades que le ponen en la punta de los valores patrimoniales de Guadalajara, de Castilla-la Mancha, de España entera.
Este libro nos ofrece completa la visión, el estudio, la guía y la valoración de este lugar mágico e inquietante, una cueva profunda y húmeda en cuyas paredes hay casi un centenar de figuras de animales, de hombres, de utensilios, de escenas de caza, y otras cosas singulares, talladas en sus paredes hace miles de años.

Esta cueva fue descubierta, en los años 30 del siglo XX, por don Rufo Martínez y su hermano, maestros en Riba de Saelices. Luego ha sido estudiada por Juan Cabré, que ha establecido de forma clásica sus representaciones y distribución. En los primeros años de ese siglo, un numeroso grupo de aficionados y estudiosos del arte paleolítico, la Asociación de Amigos de la Cueva de los Casares, dependiente del Ateneo de Madrid, ha pasado años, largas jornadas poniendo su esfuerzo y metódica en la realización de un estudio más actualizado de los elementos grabados en los muros de esta Cueva, fotografiando sus elementos con el sistema que utilizaron los primitivos pobladores, a base de antorchas.

Muchos dibujos, nuevas interpretaciones y un final estudio de la Prehistoria hispánica y europea, centran al lector en los valores de este espacio, que debería ser conocido por todos los aficionados al arte prehistórico, más aún, por todos los españoles que se sientan orgullosos de tener elementos tan interesantes, antiguos y valiosos en su tierra.

El libro ayuda a conocer la historia, la evolución y los valores artísticos del espacio conocido como “Cueva de los Casares en Riba de Saelices (Guadalajara). Acaba de aparecer en segunda edición, mejorada en sus aspectos gráficos sobre la primera. 


AHB

Viejos usos de la Alcarria

Eulalia Castellote Herreros: ”Artesanías tradicionales de Guadalajara”. Aache Ediciones. Colección “Tierra de Guadalajara” nº 59. Guadalajara, 2006. 576 páginas, numerosos grabados. PVP: 25 €.

La profesora alcarreña Eulalia Castellote Herrero ha escrito el libro “Artesanías Tradicionales de Guadalajara”, que ofrece en sus 576 páginas, el estudio de 16 artesanías, algunas tan variopintas como lo que caben en “Arte Popular” y otras tan profusas y antiguas como los “Tejidos”. Lo ha editado AACHE que lo ha puesto como número 59 en su Colección de libros “Tierra de Guadalajara”, permitiendo así a cuantos estén interesados en recordar, o aprender, cómo se hacían las cosas que usaban nuestros abuelos, que sepan técnicas, palabras y detalles de este venero de tradición e historia viva y popular.

Empedrados y juguetes

El arte popular tuvo en nuestra tierra muchas manifestaciones. A mí especialmente me ha gustado la belleza que los empedradores de Molina pusieron, sobre todo en el siglo XIX, para lustrar los suelos de casas, iglesias, y aún de calles enteras. No se me olvidará nunca, y eso que pasé por allí hace muchos años, y supongo que ya habrá desaparecido por completo, el empedrado valiente, titánico y tan hermoso que usaba la calle mayor, empinada, de Adobes, en el Señorío molinés.

También recuerdo, y hasta pongo junto a estas líneas una foto que hice en 1964, el empedrado vibrante, multicolor, del atrio de la iglesia de Codes, hecho con lajas de piedras brillantes, duro y solemne. Y muchos otros, como el que había en el zaguán del caserón del Esquileo, en la capital molinesa, supongo que también desaparecido. Es curioso cómo los nuevos tiempos, que en teoría van a favor del pueblo, y de la gente común, arremeten contra todo lo que esta gente hizo con mimo siglos antes. Y así es muy difícil encontrar ya estos empedrados, como los que Eulalia Castellote recoge en su libro en forma de dibujo, de una casona de Maranchón.

Los empedradores llevaban todo su taller a cuestas: el martillo, el mazo, varias cuerdas (para usarlas como compás)... trazaban sobre el suelo un dibujo e iban colocando las piedras, rellenando los huecos con arena fina y luego todo se compactaba con las pisadas de humanos y animales. En los dibujos solían aparecer las iniciales del dueño de la casa, motivos florales o geométricos, y cruces y anagramas sacros en los atrios. Se aunaba, como dice la profesora Castellote, “lo bello y lo útil”, dando como resultado algo que era práctico (una casa a la que se entraba sobre un pavimento de piedra brillante, era una casa siempre limpia) y al mismo tiempo personal, bello y único. Un orgullo. Eso nos da señal de la dimensión de lo humano, del valor que el tiempo y el trabajo tenía antiguamente, del goce que estaba en un radio pequeño en torno a la casa, a la tarea, a los amigos.

Laartesanía del juguete es especialmente curiosa. Los padres eran quienes hacían los juguetes a los hijos. Con pequeños saquitos de tela, se hacían muñecas. Se les estrangulaba con un cordón y arriba quedaba la cabeza. Se le pintaban los ojos, la nariz y la boca. Se le cosían a los lados unas manos, se añadía una cofia, se plantaban unos piececillos.... y las niñas soñaban que eso eran seres vivos, sus hijos, y jugaban, y cantaban. Los padres hacían también pirindolas y piribuses, más diábolos y yo-yos, para las chicas, o trompos para los chicos, que a su vez afinaban las puntas, los pintaban de colores, y pasaban la tarde entera haciéndolos girar sobre las losas de la plaza. Otros juguetes, hechos todos en la comunidad rural, eran los bolos, las tabas limpias, la imaginación siempre.

Cuando hoy veo que las niñas llevan muñecos que hablan, orinan y hacen mil cosas más.... o los chicos, los niños muy niños, llevan ametralladoras de plástico, mueven a monstruos que tratan de destruir a los que lleva su amigo, se montan en coches eléctricos que les llevan cien metros más allá sin necesidad de mover las piernas.... estoy viendo la evolución del ser humano en poco más de otro siglo: la atrofia de los músculos y, sobre todo, del cerebro, está cantada.

Porque la imaginación no se estimula. Al menos nos quedan los cuentos, y los cuentistas, y el Maratón de Guadalajara, que junto a la plaza de la Jemáa el Fna, de Marrakech, declarada “patrimonio oral de la Humanidad”, son los lugares donde existe la artesanía de la palabra, donde se usa para evocar, para ayudar a soñar, para animar a pensar... hoy estamos acostumbrados a la noticia (la realidad masticada), a la descripción precisa, a la clase, todo muy formativo, muy fraguado. Pero nadie te da dos palabras y te dice “piensa ahora, tú, por tu cuenta”. A los que mandan les asusta que la gente piense por su cuenta: prefieren dárselo todo pensado. Y a la gente, al final, esto es lo que más le gusta. Por eso creo que la artesanía de la palabra existe y debería ser, también, como la otra, la del barro y los mimbres, estimulada. 

Chocolateros y boteros

La obra de Eulalia Castellote, que fue en su día una Tesis Doctoral calificada con la nota máxima, nos habla de esa artesanía “para la vida” que se hacía en la Guadalajara de hace medio siglo. Los caramelos y dulces, los cacharros de hojalata, la profesión albardera (hace unas semanas ha caído la última albardería que nos quedaba en Guada, la de Montes, en la Cruz Verde) el cultivo de la miel, la producción de carbón, la extracción de resina en los pinares y de la miera en los fríos páramos donde sólo la sabina y el enebro crecían, y de sus raíces los de Huertapelayo sacaban la miera  y la vendían por el mundo adelante... algunos se hicieron millonarios, pero la mayoría se quedaron viendo cómo lo único que movía, y cada día mueve más el mundo, es la gasolina, el “crudo” que nos va a poner la vida “muy cruda”.

Los chocolateros marcaron también una suculenta etapa de nuestras vidas. El cacao que primero venía de América (Caracas, Guayaquil...) y luego de Guinea, tenía en nuestra tierra grandes artesanos que lo ponían suculento en las bocas de sus afectos. Las últimas chocolateras fueron las de Brihuega, Maranchón, Guadalajara, Molina, Sigüenza y Sacedón. En Molina de Aragón llegó a haber tres fábricas, que regentaban, en plan familiar, los Iturbe, los Martínez y los Juana. Que pusieron a sus chocolates respectivamente los nombres de “La Cadena”, “Igual” y “Juana”, y que los vendían en tabletas y en polvo para hacer, a la francesa (con agua) o a la española (con leche)... en Brihuega hubo también afamada productora, la de los Ballesteros, que usaban el gran molino de rueda hidráulica que aún se ve en las afueras del pueblo.

Y de los boteros, ¿decimos algo? De los curtidores, que en Budia llegaron a ser legión, con una industria que dominó el mercado de Madrid durante el siglo XVIII, y que hasta después de la guerra siguió viva, como las de Mondéjar y Cogolludo. Los cordobanes que de allí salían, las pieles curtidas, los grandes botos para el vino.... todo se hacía en tenerías que ocupaban los alrededores de los pueblos, usando aquellos instrumentos de sonoras voces: el fuelle, las guadañas, las mordazas, los palillos de costuras, las tijeras y los bancos... la botana, los piezgos, el escarnado con dalla, la recogida de los pellejos, los golpes de sobón, el baile sobre los cueros...

Sin duda surge la emoción al recuperar esa cascada de memorias, de sonidos, de actividades. El mundo era, hace tiempo, más complejo y variado, más dinámico, estaban nuestros pueblos llenos de gentes sabias y honestas, de artesanos únicos, de herencias en saber y misterios. Eso es lo que hemos querido recordar, tan deprisa como un artículo breve, tan adentro como un verso trabajado.

Índice de la obra

Resultado de una tesis doctoral calificada con la más alta nota, este libro de la profesora Castellote Herrero analiza, al mínimo detalle, la evolución artesanal en la provincia de Guadalajara, con descripción de las técnicas, costumbres, comercialización, artesanos y mil detalles relativos a las antiguas formas de producir elementos de la vida diaria, cultivar la tierra y los animales, sacarle provecho a la naturaleza, usar las cosas...

En este Indice queda aclarado totalmente el contenido del libro:

  1. Albardería / 13
    2. 
    Arte Popular / 31
    3. Carbón / 75
    4. Carpintería / 95
    5. Cera / 169
    6. Cestería / 189
    7. 
    Chocolate / 219
    8. Cordelería / 261
    9. Curtidores y Boteros / 277
    10. Dulces Confites / 313
    11. Esparto / 339
    12. Guarnicionería / 371
    13. Hojalatería / 385
    14. 
    Miel / 395
    15. Resina y otros jugos arbóreos / 447
    16. 
    Tejidos / 467

señalando en rojo los más apasionantes y novedosos.

Ver más detalles de este libro Aquí