lunes, 25 de febrero de 2013

Templarios en Guadalajara


Almazán de Gracia, Angel: “Guía Templaria de Guadalajara”. Aache Ediciones. Guadalajara, 2012. Colección “Tierra de Guadalajara” nº 83. 208 páginas. Planos e ilustraciones. 15 Euros.

Un libro capital para conocer Guadalajara

La “Guía Templaria de Guadalajara”, está escrito por Angel Almazán de Gracia, y editado por AACHE como número 83 de su Colección “Tierra de Guadalajara”. Tiene 208 páginas y muchísimas ilustraciones.
En este libro se hace un repaso a las huellas que han quedado en Guadalajara de los Caballeros de la Orden del Temple. En forma de edificios, de leyendas, de cruces grabadas, o de toponimias, la memoria de estos caballeros medievales es amplia por pueblos y montañas, por descampados y castillos.
En esta obra, además de la historia y la leyenda, se trata el tema del esoterismo templario, sus conexiones con el pensamiento secreto sufí y la kábalah hebrea, así como las formas en que los caballeros protectores del Templo de Salomón establecieron una estructura de poder y jerarquía.
Especialmente interesante resulta el estudio que hace el autor en torno a los símbolos o mandalas que pueden verse en los ventanales de las iglesias románicas de Albendiego, Campisábalos y Villacadima.

El autor, Angel Almazán de Gracia

Para esta tarea tan difícil (el análisis del saber esotérico medieval) hay que escoger a algunos de los escasos estudiosos que dominan el tema, normalmente recluidos en sus estudios, en sus archivos, aislados en sus cavilaciones, y ponerles tarea: eso es lo que ha hecho la editorial que ha promovido este libro, escogiendo a Angel Almazán para tan difícil tarea, que él ha cumplido a la perfección.
Solo había una persona en España capaz de acometer esta tarea, en este momento. Estudioso dela Edad Mediaen Castilla, y muy especialmente en la tierra soriana de en torno al Duero inicial, Angel Almazán de Gracia es actualmente la mejor referencia en todo lo relativo al Temple en España, y sobre todo a sus conexiones con la espiritualidad y el saber esotérico de los grupos escogidos de árabes, judíos y cristianos que en las primeras centurias del segundo milenio se dedicaron, en el silencio de sus estudios, en las altas estancias de sus castillos o en los gabinetes abrigados de sus cubículos secretos, a “imaginalizar” la Divinidad y el Hombre Perfecto a través del simbolismo numérico y su urdimbre geométrica, complementándolo con un logos poético y, en definitiva, el milagro de transformar lo psicosomático y sensorial en espíritu supraformal y metafísico.

Va de templarios

Hace solamente unos días, entre el 22 de marzo y el 3 de abril de 2012, se han cumplido exactamente los siete siglos de la disolución de la Orden de los Caballeros del Temple. Un instituto nacido de una época singular, pretérita y extraña a nuestros ojos. Pero real. El inicio del segundo milenio registró un ímpetu en la intención europea de conquistar y dominar el Próximo Oriente, en sus lugares de memoria bíblica. Como siempre, en toda historia, había intereses económicos de por medio (abrir y dejar cómodos los caminos hacia la India y su comercio) pintados de sublimidades espirituales.
Los templarios, los caballeros mitad monje-mitad soldado que constituyeron la Orden de Caballería del Templo de Salomón, ejercieron de todo ello: de protectores del comercio, de guardianes estratégicos, de pensadores y elucubradores. Su poder molestó en más altas esferas y fueron suprimidos. En Francia, incluso, eliminados físicamente.

Los templarios por Guadalajara

El sábado 12 de mayo del 2012 se presentó en la Feria del Libro del parque de la Concordia el libro que ha escrito Angel Almazán de Gracia sobre estos caballeros: sus fundamentos y esencias, las fechas y los hechos, las suposiciones, los símbolos y su uso… y todo ello localizado en las tierras de Guadalajara. En el montículo donde asienta el que fuera monasterio de San Francisco, en la villa castillera de Torija, en el Alto Tajo por el Hundido de Armallones, en la ermita del Madroñal de Auñón, en Peñalver, en Albendiego y su esotérica ermita de Santa Coloma…. En muchos lugares de nuestra tierra quedó la huella de los templarios, real y permanente. Almazán la busca, y encuentra muchas de esas huellas.

Un prólogo al viaje templario por Guadalajara

Desde que en plena Edad Media, hace de esto exactamente setecientos años, el Papa Clemente V dictara la disolución de la Orden de los Caballeros Templarios, y por entonces la [in]justicia del rey Felipe de Francia acabara con los bienes y las vidas de sus miembros, mucha gente ha seguido interesada en conocer los por qués de aquella historia, la de esos hombres que, llevados de un apasionado deseo de recuperar Tierra Santa para los cristianos de Occidente, crearon primero una estructura jurídica en forma de asociación de varones que debían ser, a la par, monjes y guerreros, y luego construyeron un complejo sistema de jerarquías, atesorando riquezas, administrando cuantiosos bienes y posesiones y, finalmente, en un arcano que nunca se ha llegado a conocer del todo, se sintieron depositarios y administradores de unos conocimientos que perseguían fundir la esencia humana con la divina, a través de mil maneras diversas: los números, las letras, los ritos, los símbolos, las interpretaciones…
De aquella suma de saberes, públicos y silentes. Y de aquel monumental acopio de poderes, territoriales, jurisdiccionales, eclesiásticos y estratégicos, surgió una organización que quedó en la mente de las gentes de su época, y aún mucho más allá, casi en el inconsciente colectivo, como el paradigma de la sociedad secreta y todopoderosa capaz de gobernar el mundo. Ese miedo de la Humanidad a ser dirigida por unos pocos que se reúnen en secreto, se aplicó a la Orden del Temple, y a través de otros intereses que afectaban a los poderosos de su tiempo, se urdieron conspiraciones que acabaron con su disolución, y el exterminio de su Gran Maestre y diversos cofrades franceses.
La Orden del Temple, y sus miembros los caballeros templarios, han sido, por tanto, un tema de estudio, de búsqueda y de controversia que ha llegado, sin apenas pausas, hasta hoy mismo. Apasionados en la búsqueda de sus huellas, de sus documentos, de sus edificios, y aún más, de sus saberes y sus metafísicas, muchos investigadores han pasado la vida. Y hoy todavía es este tema que sugiere preguntas, que alienta viajes y promueve búsquedas.
Los elementos fundamentales del templarismo en Guadalajara son aquellos que tienen alguna base documental (mínima en el caso de Torija, muy de pasada en el de Guadalajara, legendaria en la mayoría de los otros casos, como Albares, Albalate, Peñalver, Santo Alto Rey…) y esos otros que se fundamentan en evidencias artísticas, especialmente Albendiego y Campisábalos. Los rastros que antiguos historiadores dejaron en sus libros, y la evidencia de símbolos que aparecen todavía en iglesias de nuestra serranía, son más elocuentes que la inexistencia absoluta de documentos. Sobre ellos, sobre la memoria incierta, la tradición popular, y el sorprendente hallazgo de cruces y símbolos tallados, es sobre lo que se ha trabajado para construir esta “Guía Templaria de Guadalajara” que me ha cabido el honor de prologar.

Hay miles de viajeros, andarines, gentes de macuto y guía, de cuaderno de notas y Nikon digital, que cada semana, cada primavera, cada día incluso, se echan a los caminos de España a descubrir su maravillas recónditas, a rebuscar sus perdidas leyendas, y en algunos casos a escudriñar ruinas, signos y memorias relatadas. La leyenda de los templarios, de los que ahora hace justamente setecientos años que fueron disueltos como Orden y como conjunto humano, ha seguido viva y despertando el interés de esos viajeros, de los estudiosos, de los que quieren saber más, como ellos lo hicieron en sus viejos siglos. En ayuda de todos viene esta “Guía Templaria de Guadalajara”. En la que hay historia, hay descripción de edificios y símbolos, y hay sobre todo, elocuente y bien trazada, disertación de la sabiduría esotérica del medievo. Una mezcla apasionante que no le va a defraudar al lector. Que le va a animar, espero, a echarse al camino y buscar de nuevo esas huellas templarias, tan escondidas.

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